domingo, 23 de noviembre de 2014

La alegoría cristiana de “El Hombre que fue Jueves” de G. K. Chesterton.


      Publicada en 1908, El Hombre que fue Jueves de G. K. Chesterton es una novela policial del mismo autor de los cuentos del padre Brown (famoso detective aficionado de la literatura del género) y en la cual este escritor y filósofo inglés se dio el gusto no solo de contar una historia llena de todo su ingenio y gran capacidad para entretener creando personajes entrañables, sino que además plasmar en ella sus ideas devotas y religiosas en sintonía con su fuerte raigambre católico.
    Con un título tan confuso como este, el libro se llama así debido a que su protagonista, un joven policía que pertenece a una muy particular elite de su organización, en medio de la misión en la que se encuentra recibe el nombre clave de Jueves
    Desde el principio la obra resulta ser una agradable engaño para el lector, lo mismo que para sus propios personajes, ya que parte de tal manera que bien pareciera que el libro trataría de cualquier cosa y menos del intento de desarticular un violento complot por parte de un grupo de anarquistas mundiales, que desean desestabilizar la nación de Gran Bretaña (y por extensión aplicar sus propósitos más tarde al resto del mundo).  De este modo la novela parte con una muy singular descripción de una comunidad bohemia y que al final para la trama apenas posee importancia…salvo introducir a dos de sus más relevantes actantes; no obstante el narrador parte primero con quien salvo en los primeros capítulos, luego no vuelve a salir hasta su inesperado y emotivo desenlace (ya que el verdadero protagonista aparece en la historia casi como mera comparsa o contrapartida del otro y lo que es en realidad en este último caso de quien sería su “enemigo jurado”). 

     “Así y sólo así había que considerar aquel barrio: no taller de artistas, sino obra de arte, y obra delicada y perfecta. Entrar en aquel ambiente era como entrar en una comedia. Y sobre todo, al anochecer; cuando, acrecentado el encanto ideal, los techos extravagantes resaltaban sobre el crepúsculo, y el barrio quimérico aparecía aislado como una nube flotante. Y todavía más en las frecuentes fiestas nocturnas del lugar —iluminados los jardines, y encendidos los farolillos venecianos, que colgaban, como frutos monstruosos, en las ramas de aquellas miniaturas de árboles.
     Pero nunca como cierta noche —lo recuerda todavía uno que otro vecino— en que el poeta de los cabellos castaños fue el héroe de la fiesta. Y no porque fuera aquélla la única fiesta en que nuestro poeta hacía de héroe. ¡Cuántas noches, al pasar junto a su jardincillo, se dejaba oír su voz, aguda y didáctica, dictando la ley de la vida a los hombres y singularmente a las mujeres! Por cierto, la actitud que entonces asumían las mujeres era una de las paradojas del barrio. La mayoría formaban en las filas de las "emancipadas", y hacían profesión de protestar contra el predominio del macho. Con todo, estas mujeres a la moderna pagaban a un hombre el tributo que ninguna mujer común y corriente está dispuesta a pagarle nunca: el de oírle hablar con la mayor atención.
     La verdad es que valía la pena de oír hablar a Mr. Lucian Gregory —el poeta de los cabellos rojos— aun cuando sólo fuera para reírse de él. Disertaba el hombre sobre la patraña de la anarquía del arte y el arte de la anarquía, con tan impúdica jovialidad que —no siendo para mucho tiempo— tenía su encanto. Ayudábale, en cierto modo, la extravagancia de su aspecto, de que él sacaba el mayor partido para subrayar sus palabras con el ademán y el gesto. Sus cabellos rojo-oscuros —la raya en medio—, eran como de mujer, y se rizaban suavemente cual en una virgen pre-rafaelista. Pero en aquel óvalo casi santo del rostro, su fisonomía era tosca y brutal, y la barba se adelantaba en un gesto desdeñoso de "cockney", de plebe londinense; combinación atractiva y temerosa a la vez para un auditorio neurasténico; preciosa blasfemia en dos pies, donde parecían fundirse el ángel y el mono”.

     Cuando sucede el segundo de los tres encuentros entre estos dos sujetos, cada uno realiza al otro una sorprendente confesión acerca de quién es en realidad y cuál es su intención.  Es así que Lucian Gregory cuando justamente cree que ha desestabilizado el equilibrio de su interlocutor con sus palabras, recibe una cucharada aún mucho más concentrada de su propia medicina, cuando Gabriel Syme le revela su identidad.  Es entonces que el verdadero héroe de este argumento que va más allá de la típica obra policial, se ve inmiscuido por su propia voluntad entre un grupo de siniestros hombres y a los que piensa desarticular por su propias fuerzas, solo que luego se da cuenta de que cuenta con ayuda inesperada.  Ahora bien, una de las aristas más atractivas de este título resulta el lenguaje poético y lleno de connotaciones semánticas, que ocupa su narrador para referirse a los tipejos con los que se encuentra el encubierto Syme como policía que es; estos mismos son descritos como verdaderos monstruos o más bien demonios, con lo que se acentúa su carácter negativo.  En varios momentos de la lectura uno puedo regocijarse con la particular pluma de su autor para realizar preciosistas descripciones, que no desean caer en el detallismo del Realismo, sino que pretenden ser lo más artístico posible; no obstante como este libro es un engaño en muchos sentidos, el aparente maniqueísmo con el cual se introduce a este grupúsculo, cumple su verdadera razón de ser una vez que la luz de todo lo que es cierto termina por descubrirse a sus personajes (sin embargo el mencionado maniqueísmo de estas caracterizaciones, atienden muy bien a la idea de mostrar a quiénes se supone atentan contra el verdadero orden de la cosas, como a hombres de condición antinatural):


     “Habíale parecido al principio que todos los comensales, con excepción del peludo Gogol, eran personas comunes y corrientes por el aspecto y el traje. Pero al observarlos mejor, comenzó a descubrir en todos y cada uno de ellos lo mismo que había advertido en el que le esperó junto al Támesis: algún rasgo demoníaco. Aquella risa descentrada que desfiguraba de cuando en cuando la hermosa cara del que había sido su guía, era "típica" de todos aquellos "tipos". Todos tenían algo, perceptible tal vez a la décima o a la vigésima inspección; algo que no era del todo normal y que apenas parecía humano. Idea que trató de formularse, diciéndose que todos tenían aspecto y presencia de personas bien educadas, pero con una ligera torsión, como la que produce la falla de un espejo. Esta excentricidad semioculta, sólo podrá definirse describiendo uno a uno todos los tipos. El cicerone de Syme llevaba el título de Lunes; era el secretario del Consejo, y nada era más terrible que su tuerta sonrisa, a excepción de la espantosa y satisfecha risotada del Presidente. Pero ahora que Syme lo observaba más de cerca, advertía en el secretario otras singularidades. Su noble rostro estaba tan extenuado, que Syme llegó a figurarse que lo trabajaba alguna profunda enfermedad; pero, en cierto modo, el mismo dolor de su mirada negaba esta suposición. No: aquel hombre no era víctima de una dolencia física. Sus ojos brillaban con una tortura intelectual, como si el solo pensar fuese su dolencia. Esto era común a toda la tribu; todos tenían alguna anomalía sutil y distinta. Junto al secretario estaba el Martes, el peludo Gogol, cuya locura era más notoria. Después venía el Miércoles: un tal Marqués de San Eustaquio, figura harto característica. A primera vista, nada extraño se notaba en él, salvo que era el único a quien el traje elegante le sentaba como cosa propia. Llevaba una barbilla negra y cuadrada, a la francesa, y una levita negra y todavía más cuadrada, a la inglesa. Syme, muy sensible a tales encantos, pronto percibió que, en torno a este hombre, flotaba una atmósfera rica, tan rica que era sofocante, y que recordaba, quién sabe cómo, los olores soporíferos y las lámparas moribundas de los más tétricos poemas de Byron y de Poe. Al mismo tiempo, parecía que estuviera vestido con materiales no más ligeros, sino más suaves que los demás; el negro de su traje se dijera más denso y cálido que el de las sombras negras que le rodeaban, como si fuera el resultado de algún color vivo intensificado hasta el negro. Su levita negra semejaba negra a fuerza de ser púrpura intensa. Su barba negra negreaba a fuerza de ser azul. Y entre la espesura nebulosa de aquella barba, su boca rojo-oscura era desdeñosa y sensual. De seguro no era francés: acaso judío; tal vez procediera de mayores profundidades, en el profundo corazón del Oriente. En los abigarrados cuadros y mosaicos de Persia, que representan cacerías de tiranos, se ven esos ojos de almendra, esas azulosas barbas, esos crueles labios escarlata”.

El autor.
     Y no obstante una vez que la historia se va desarrollando y desenredando, queda de manifiesto que nada es lo que parece, si bien el misterio propio de una obra policial ya está servido, así como el crimen (en este caso un atentado a la paz que debe ser disuelto antes de llevarse a cabo) también se hace presente para convertir el texto en una obra llena de intriga e incluso acción como bien esperaría un seguidor del género.
     El héroe principal es justamente “el hombre que fue Jueves”, porque cada uno de sus compañeros de complot recibe el nombre clave de un día de la semana, con el propósito de no descubrirse entre sí su verdadera condición.
     El libro posee asimismo una muy singular cuota de humor (muy inglés dirían algunos) y que llega a su cenit hacia la espectacular persecución del líder de los anarquistas, todo en un escenario que más bien parece salido de un cuadro surrealista por su considerable ridiculez y carga onírica:

     “El Domingo los arrastró en loca carrera hacia el noroeste. Su cochero, sin duda bajo la influencia de alicientes extraordinarios, hacía correr desesperadamente al caballo. Pero Syme, que no estaba para andarse con miramientos, se puso de pie en el coche y empezó a gritar:
      — ¡Al ladrón!
      Empezó a acudir gentío, y la policía a intervenir e interrogar. Esto produjo su efecto en el cochero del Presidente, que comenzó a vacilar y a morigerar la carrera. Abrió el postigo para explicarse con su cliente y, al hacerlo así, abandonó un instante el látigo. El Domingo se levanta, se apodera del látigo, y fustiga al caballo y lo arrea con gritos estentóreos. Y el coche rueda por esas calles como un huracán. Y calle tras calle y plaza tras plaza volaba el estrepitoso vehículo, el cliente azuzando el caballo y el cochero tratando de sofrenarlo. Los otros tres coche iban detrás como unos sabuesos jadeantes, disparados por entre calles y tiendas, verdaderas flechas silbadoras.
     En el punto más vertiginoso de la carrera, el Domingo se volvió y sacando fuera del coche su inmensa cara gesticulante, mientras el viento desordenaba sus canas, hizo a sus perseguidores una mueca horrible como de pilluelo gigantesco. Después, alzando rápidamente la mano, lanzó a la cara de Syme una bola de papel, y desapareció dentro del coche. Syme, para evitar el objeto, lo atrapó instintivamente con las manos: eran dos hojas comprimidas. Una dirigida a él, y la otra al Dr. Bull, con un irónico chorro inacabable de letras a continuación de su nombre. La dirección del mensaje al Dr. Bull era mucho mayor que el mensaje, pues éste sólo constaba de las palabras siguientes:
      "¿Qué hay ahora de Martín Tupper?"
      — ¿Qué quiere decir este viejo maniático? —preguntó Bull muy intrigado— y a usted Syme, ¿qué le dice?
      El mensaje de Syme era menos lacónico:
      "Nadie lamenta más que yo todo lo que huela a intervención del Archidiácono. Creo que las cosas no llegarán a ese extremo. Pero, por última vez ¿dónde están sus chanclos? La cosa es muy grave, sobre todo después de lo que ha dicho el tío"
       El cochero del Presidente parecía haber recobrado el gobierno de su caballo, y los perseguidores pudieron ganar algún terreno al llegar a Edgware Road. Y aquí aconteció algo providencial para los aliados. El tráfico estaba interrumpido, y algunos vehículos se echaban a un lado apresuradamente, pues del fondo de la calle llegaba el tañido inconfundible de la bomba de incendios, que pocos segundos después se vio pasar envuelta en un trueno de bronce. Pero he aquí que el Domingo salta del coche, alcanza la bomba a todo correr, y se mete entre los asombrados bomberos. Se le vio perderse en la atronada lejanía, haciendo ademanes de justificación”.

     Teniendo en cuenta los simbolismos religiosos católicos, mensajes y/o reflexiones a los que gusta invitar a su escritor para con sus lectores, resulta relevante tener en cuenta la dimensión que toman sus personajes y que comienza con el verdadero sentido de sus nombres, como con el de sus “sobrenombres” (los 7 días de la semana) y que terminan con el misterioso y hasta cierto punto ominoso Domingo.  No es afán de este texto quitarle al potencial nuevo lector de esta recomendable novela la maravilla que significan cada una de las revelaciones que se van dando en crescendo a través de sus páginas, pero sí creo es posible compartir unas cuantas reflexiones a manera de pistas sobre el sentido oculto de esta obra; para ello hay que tener en cuenta la misma religiosidad cristiana de Chesterton:  Dentro de la doctrina de la Iglesia y sus principios se encuentra la noción de que Dios posee un plan para cada uno de nosotros y que en la medida que lo que hacemos en vida se asemeja más a ese plan divino, nos acerca lo más posible a la realización personal y con ello a la felicidad en su más exacto y completo estado.  No obstante existe el libre albedrío y Dios permite a Sus hijos llevar por sus propias riendas los caminos de su vida…de este modo algunos se acercan más y otros se alejan en mayor medida a lo que se espera de ellos.  Todo esto corresponde al orden natural de las cosas salido de la misma omnipotencia del Creador y es por esta razón que el no apego a dicho esquema implica el caos…y la anarquía misma (de modo que este mal disfrazado bajo la ideología del Anarquismo que preocupaba tanto a los hombres de la época del escritor, podía ser bien visto como una negación a aceptar las directrices divinas y que por ello devendría en perdición).  Así es como luego el libro mismo trata acerca de todo esto tanto en el plano terrenal, aunque por cierto claramente ligado a un estado mayor y universal de las cosas.   Como se trata además de un libro de clara orientación religiosa, el poder del amor cumple un papel preponderante y esto una vez que cada uno de sus personajes logra encontrar su rol en el mundo y se reencuentra con su Padre.  Por último, Dios mismo se hace presente como personaje en la novela, pero de las maneras más insospechadas tanto para el lector como para sus protagonistas; sin embargo en todo momento destaca en él su inmensa sabiduría (la llamada omnisciencia) y con ello queda de manifiesto el viejo adagio que afirma que sus caminos son misteriosos.

8 comentarios:

  1. Leí El hombre que fue Jueves hace una tonelada de años, y recuerdo que me dejó con sensaciones muy encontradas. La novela en sí misma es muy entretenida, parte como un policial y de a poco, casi sin que uno como lector se dé cuenta, empieza a poner el mundo entero patas para arriba, y es imposible dejar de pasar páginas para ver en qué termina todo. Pero luego el final, que no develaré para no mandarme ningún spoiler, lo siento un poco metido con calzador. Creo que se puede ser un escritor de temáticas cristianas sin sonar tan forzado, y de hecho el propio Chesterton lo consigue de manera superlativa en los cuentos del padre Brown; La cruz azul, el primer cuento del Padre Brown, es un estupendo relato policial y además una genial exposición de ideas cristianas.

    Saludos.

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    1. Me alegra mucho que te haya animado este texto a dejar un comentario. Como católico que soy este tipo de obras me llega mucho y en el caso concreto de su final me emocionó demasiado. Tengo guardadito una colección de cuentos del autor que para nada tienen que ver con el Padre Brown para leer dentro de poco. Gracias una vez más por honrarme con tus palabras.

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  2. Me convencí con leer a Chesterton hace harto tiempo, una tarde de frío otoño cuando en la esquina de Gamero con Recoleta esperaba la llegada de una fémina deliciosa, entretenida y además inteligente, como todas las chilenas que conozco. Su consustancial tendencia a la impuntualidad me ayudó, no obstante, a profundizar en la lectura una obrilla de filosofía tomista en la que se nombraba al viejo Gilbert como una especie de “muy particular autoridad” en la filosofía del Aquinante. Sólo recuerdo de aquel librillo que era de la editorial Zig Zag. Más me sorprendí aún cuando leo por ahí que el proctofantasmagórico Borges decía que se “conformaba con escribir la mitad de bien” que Gilbert, agregando que en cada página nos revelaba “alguna felicidad” (misma admiración que profesaba por otro católico como Giovanni Papini, sí, el mismo autor de “Soliloquios de Belén”,”Gog” - ¡que es una gozada!- y de ese monumento a la naturaleza humana que es “El Juicio Universal”).
    Recuerdo que luego me hallé con el título “El escándalo del padre Brown” y, siendo yo, por fanatismo y por Gracia, asiduo al estudio de la fe cristiana y especialmente católica, pensé, en mi sempiterna joven ignorancia, que se trataba de algún escrito anticatólico. ¡Cómo tiene Dios formas divertidas e insospechadas de mostrarte algunos caminos! Y allí sin saber cómo, me sumergí en las supra entretenidas historias de este clérigo inglés que posee la humildad del santo y la inteligencia del pueblerino. Porque no hay más en el Padre Brown que la fuerza del sentido común y la fe de quien sabe que las cosas siempre son más de lo que sencillamente parecen.
    Me animé con “El hombre que fue jueves” por un comentario somero que hace Tomás Moulian de este texto en su librillo “El consumo me consume” donde reconoce cómo “El hombre que fue Jueves” le mostró ciertas rutas insospechadas de cómo lo imposible se disfraza como posible. Y me animé a sumergirme en la disparatada e inclasificable aventura de este policía que se hace pasar por terrorista y el encuentro con los otros días de la semana y especialmente Domingo quien lo enfrenta con una realidad suprema que subyace y sostiene el baile de los poderes humanos en el mundillo virtual que nos hemos construido al este del Edén.
    Hace poco leí cómo las obras , tanto literarias como no literarias, de Chesterton le cambiaron la vida a Joseph Pearce, quien, luego de salir de la cárcel, en la que tuvo tiempo para leer y releer a este gigante de la literatura anglosajona, decidió cambiar de vida y dedicarse a la fe y la literatura más seria. Cuento un episodio que el mismo Pearce nos narra en su bello libro “MI carrera con el diablo”. Allí este joven autor, quien ya había ganado cierto prestigio por su monumental biografía de Chesterton, nos dice que hacía tiempo que estaba tratando de comunicarse nada menos que con Alexander Solyenitzin (sí, el mismo autor de “El archipiélago Gulag”, y de “Un día en la vida de Iván Denisovich”). Sin embargo, un día, le llegó la confirmación que sería recibido por este importante testigo de las atrocidades del imperio soviético. Él mismo, no obstante, se preguntaba por qué a él, un principiante biógrafo, Joseph Pearce, el ganador del premio Nóbel estaba dispuesto en recibirlo cuando hacía varios años que ya no recibía visitas ni aceptaba entrevistas ¿por qué a él sí lo recibiría? Sus preguntas fueron respondidas cuando Solyenitzin lo lleva su biblioteca y le muestra su colección de las obras completas de Chesterton, causando en el joven escritor una emoción gigantesca al percibir lo que todavía tenía que agradecerle al autor de “El Napoleón de Noting Hill”.
    .
    Mauricio Tapia.

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  3. Entre mis alegrías tengo el de haber sido yo quien le obsequió al autor de este blog la edición de “El hombre que fue jueves” que ha comentado para ustedes. Y algunas de las ediciones del padre Brown también las obtuvo gracias a mí. Espero hacerle llegar “EL club de los negocio raros” y, si fuera posible y aunque no es de Chesterton, sí está inspirada en él “El Destino del Padre Brown” de Paolo Gulisano en la cual al humilde cura se le nombra Papa.
    Algunos pensamientos de Gilbert que siempre me guían en la oscuridad:
    1) Cuando algo vale la pena , vale la pena tratar aunque no resulte.
    2) ¿Qué es educación? Es estar lo suficientemente seguro de algo como para enseñárselo a un niño.
    3) La aventura puede ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo.
    4) El pesimista mira al suelo, el optimista te mira a los ojos.
    5) Las mentiras más peligrosas son aquellas que son casi verdad.
    Por último, hace tiempo escribí un soneto al viejo Gilbert. Que ahora comparto con ustedes. Les ruego disculpen la mocedad de mi cálamo y la soberbia del intento:
    Gilbert Keith, pícaro duende, coloso
    ¿Más alegre que tú? ¡tan sólo Dios!
    Pues donde hay una, tú pones dos,
    Riendo de los ‘sabios’ temblorosos.

    Y eso porque en el centro de la cruz
    Viste la mejor respuesta ortodoja:
    A través de Cristo, la paradoja
    De un Dios que se hizo hombre te dio la luz.

    Loco bufón, mi gravedad se toma
    En serio tu insolente desenfado
    Cayendo en el círculo de tu broma.

    Pues junto al caos, confuso y cansado,
    Al árbol emanado del azar,
    Tu farol del orden pudo alumbrar

    Mauricio Tapia.

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    1. Mauricio, nunca pensé que tu esperado comentario acerca de este texto que fue toda una dicha para mi, enaltecería tanto lo que tontamente pude bosquejar y además sería algo tan bello. Yo mismo recuerdo muy bien cómo me nacieron las ganas de leer a este querido escritor...En una de nuestras tantas charlas sobre literatura, tú y Roberto (al parecer otros de esos queridos amigos que pasaron un tiempo a nuestro lado, solo durante una parte del camino) hablaron con tanta admiración de él, que la pasión de lo que decían se me quedó rondando, Y entonces me regalaste los libros del Padre Brown y me maravillé. Aún me queda mucho por leer de este escritor y eso me alegra, porque aún tengo harto para disfrutar de sus geniales narraciones.

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  4. Con relación a Chesterton

    He leído sus textos "Chesterton policía a la católica y evidentemente que este sobre el hombre que fue jueves. Debo decir que existe un cambio muy importante entre ambos textos, el primero es más bien pobre en datos y análisis literario, por su puesto usted derrocha adjetivos, pero que en la práctica no nos conduce a ninguna parte, estoy plenamente de acuerdo con el "anónimo" que le hace una serie de alcances sobre sus errores de conocimiento to tanto de la vida del autor como de los pormenores de su obra, por favor no se sienta mal, la lectura de los cuentos del Padre Bronw no lo hace a uno experto en la obra de Chesterton.
    En este segundo texto en cambio he notado una maduración sobre el pensamiento de Chesterton, aun más nos da ciertas luces de cosas profundas de la obra conocida como el hombre que fue jueves y eso no solo se agradece, sino que también se aplaude. Desearía realizar alcances que en este momento me vienen a colación. El escritor Jorge Luis Borgues escribió un ensayo sobre Chesterton, que lo titulo exactamente de la misma manera o sea "Sobre Chesterton", en el nos dice Chesterton tenía la genialidad de iniciar el relato de una manera suspicaz y audaz, con tesis criminal que se basaban en conjeturas demoniacas o mágicas, para luego llegar a explicaciones puramente humanas. Destaca este punto el argentino, ya que la lectura del padre Brown es ver la filosofía Tomista en acción a las que él denomina " imaginación hebreas supeditadas a Platón y Aristóteles".
    Borges termina su exposición con la maestría que siempre tuvo, alabando a Chesterton a partir de la parábola del Proceso (Kafka) capitulo nueve y de la obra de Bunyan "Pilgrim's Progress diciendo que: "Chesterton dedico su vida a escribir la segunda de las parábolas, pero algo en él propendió siempre a escribir la primera".
    Para concluir le recomiendo encarecidamente que lea la "vida de Santo Tomás y de San Francisco de Asis", pensamiento de Chesterton y por su puesto sus ensayos sobre la filosofía de este prodigioso autor inglés.

    Desde las arenas de Arakis

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  5. Qué bueno te haya gustado este texto, Sardaukar Robertiano, que a para mí la novela que lo inspiró fue toda una grata sorpresa o más bien toda una maravilla. ¿Sabías que un autor ateo y materialista como tu tocayo Robert Howard, creador de Conan el Bárbaro, admiraba a Chesterton al punto de citarlo en algunos de sus escritos? Eso lo puedes corroborar en su novela "Rostro de Calavera", de la cual también he escrito por acá.

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  6. Es muy interesante el dato sobre Robert Howard lo tendré presente. desearía saber ¿quién es ese llamado Robert, amigo suyo?, por que yo soy Sardaukar

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